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Viernes, 12 Septiembre 2014 00:00

En torno a la desamortización y al patrimonio documental eclesiástico

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Por Lin Kristensen (Licencia CC by 2.0) Por Lin Kristensen (Licencia CC by 2.0)

El Monasterio de Santa María de Bellpuig de las Avellanas, fundado en el año 1166 por la Orden de Canónigos Premonstratenses en el lugar de Os de Balaguer, Lérida, restauró recientemente el documento más antiguo que custodiaba entre los fondos de su archivo. El texto, escrito sobre pergamino de cordero en letra gótica catalana, estaba redactado en latín y en catalán antiguo y databa del 4 de mayo de 1420. Se trataba ni más ni menos de una concesión de gracia, otorgada por el entonces padre abad a favor del vecino lugar de Vilanova de la Sal, por la que se permitía a sus habitantes plantar viñas, recoger leña, o que los rebaños pudieran pastar libremente en las inmediaciones del monasterio.

La importancia de este pergamino del siglo XV radica en ser el único testimonio de época medieval custodiado en el archivo que ha sobrevivido hasta nuestros días. Es necesario tener en cuenta que la mayor parte de los fondos documentales del monasterio fueron objeto del saqueo o terminaron disgregados en diferentes archivos tras la desamortización de Mendizábal, que tuvo lugar en el año 1836.

Y es que los procesos de desamortización, que se iniciaron con la mal llamada desamortización de Godoy en 1798, y que continuaron durante gran parte del siglo XIX por las políticas liberales de Juan Álvarez Mendizábal, Baldomero Espartero y Pascual Madoz, sembraron el país de exclaustraciones forzosas. Cientos de conventos y monasterios quedaron así desiertos, pasando su propiedad a manos del Estado a cambio de indemnizaciones muchas veces ridículas. La venta de estos inmuebles a la poderosa nobleza y a la ya pudiente burguesía generó un suculento caudal destinado a cubrir el desproporcionado déficit público.

Más allá de todo esto, lo cierto es que estos procesos supusieron, como quien dice, una serie de catastróficas desdichas para el clero. La Iglesia no sólo vio con impotencia mermadas sus posesiones, y con ello, dicho sea de paso, buena parte de sus ingresos, sino que además en muchos casos hubo de dar por perdidos tesoros artísticos de incalculable valor, entre los que hemos de contar grandes bibliotecas formadas por códices manuscritos e incunables, y por supuesto, sus valiosos archivos. Aquellos que no se pusieron a buen recaudo, transferidos a otros archivos eclesiásticos, desaparecieron a merced del robo, la apropiación indebida, o lo que es peor, la indiferencia y el olvido.

Según se informó, la recuperación de este documento formaba parte de un proyecto aún mayor que tiene como fin la restauración y digitalización de una parte del fondo histórico custodiado en el Archivo del Monasterio de Bellpuig de las Avellanas, y del que aún no hay noticias.

Sirva esta iniciativa como ejemplo de la enorme labor que la gran mayoría de archivos eclesiásticos viene llevando a cabo desde hace años en pos de la conservación y difusión de sus fondos. Labor que en muchas ocasiones han de realizar a duras penas, pues las partidas presupuestarias destinadas a la gestión de sus centros son habitualmente reducidas y la contratación de nuevo personal cualificado casi nula.

Con todo, es necesario reconocer este esfuerzo por poner a disposición de la ciudadanía los entresijos de una institución que durante siglos ha generado unos fondos documentales tan sumamente ricos en todos los aspectos, que hoy bien podría escribirse la historia de este país sin necesidad de salir de sus archivos.

 

Carlos Díaz Redondo

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